22• Nublado

9 de Agosto de 2022 18:54

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El beisbol no tiene la culpa: crónica de una masacre en Juárez - José Antonio Gurrea C.

El beisbol no tiene la culpa: crónica de una masacre en Juárez - José Antonio Gurrea C.



De acuerdo con una línea de investigación, la derrota de un equipo de beisbol patrocinado por el delincuente José Noriel Portillo, “El Chueco”, el domingo pasado en la Sierra Tarahumara, fue el detonante, del secuestro, primero, de dos jugadores del equipo rival (los hermanos Paul Osvaldo Berrelleza y Armando Berrelleza, quienes hasta este domingo 26 continúan desaparecidos) y, posteriormente, del asesinato de dos jesuitas y un promotor turístico de la zona. En esta crónica inédita (producto de un recorrido periodístico realizado en 2016), el autor recuerda un caso con algunos elementos similares, ocurrido también en Chihuahua hace casi nueve años, pero que pasó prácticamente inadvertido para los medios de comunicación.

Loma Blanca, Valle de Juárez, Chih.- Apenas habíamos dado unos cuantos pasos dentro del patio de la pequeña vivienda, cuando de su interior salió, raudo, decidido, un anciano blandiendo un azadón como si se tratara de una lanza medieval. El hombre profería insultos en un inicio ininteligibles al tiempo que arremetía de forma violenta contra nosotros.

Pese a la decrepitud y a una evidente cojera, el hombre, bajito, cerca de los 80 años, se movía con gran rapidez y empuñaba su herramienta con habilidad tratando de golpearnos. Asombrados, nos limitábamos a esquivar los impactos con mucha dificultad.

Cada vez más atónitos, comenzamos a gritar, al unísono, que éramos periodistas. Pensamos, ingenuamente, que revelar nuestra profesión sería la llave mágica para que el individuo cesara la agresión. No fue así. Por el contrario, esto acrecentó su ira, sus ataques, mientras continuaba la andanada de improperios, muy claros, ahora sí: “largo de aquí, mercenarios; sólo han venido ha burlarse de mi familia… a manchar su nombre con sus difamaciones… los maldigo, los maldigo…” Tratábamos de negar las acusaciones y calmar al anciano, sin embargo, éste, con el azadón en alto, no escuchaba más que su propia voz.

El individuo se detuvo de pronto. Se veía pálido, tambaleante. Parecía que de un momento a otro caería desmayado, por lo que nos acercamos a él en caso de que fuera necesario apoyarlo. Al ver nuestra cercanía, sin embargo, reinició los ataques y estuvo a punto de sorrajar el azadón en la cabeza de Josué, nuestro fixer fronterizo.

Al percatarse de ello, Mayra, su mujer, se enfiló, presta, hacia el hombre y tras un breve forcejeo logró desarmarlo. Una vez que el azadón estuvo en el suelo, lo abrazó mientras le decía, en voz baja, casi al oído: “tranquilo, señor, tranquilo. No venimos a hacerle daño. Sabemos que ocurrió aquí, y somos respetuosos y compartimos su pena… Por favor, confié en nosotros…  Somos amigos…” El anciano, quien en un inicio forcejeó con la mujer, acabó cediendo: bajó la cabeza, relajó el maltratado cuerpo con casi 8 décadas a cuestas y se dejó mimar. ¿Hace cuánto tiempo nadie abrazaba a ese hombre? ¿Hace cuántas vueltas al sol nadie le decía una sola palabra de cariño, de aliento?

Para retomar fuerzas, el anciano, visiblemente cansado, se sentó en la pequeña barda que se encontraba al fondo del patio. De inmediato, Mayra, Josué, Yadín y quien esto escribe, nos agrupamos en torno a él. El sujeto levantó la cabeza, dijo llamarse Agustín Alarcón, nos recorrió con su mirada triste y cansada y comenzó a hablar:

A manera de implícita disculpa por su ira no contenida, hizo un repaso de su vida reciente: mencionó a periodistas inescrupulosos a quienes, de buena fe, les dio entrevistas poco después de los trágicos sucesos de ese otoño sangriento. ¿Y todo para qué? Para que luego publicaran textos repletos de inexactitudes y falsedades, lamentó. Luego, recordó a abogados poco éticos que le sacaron el poco dinero que le quedaba, y que nunca hicieron algo realmente para esclarecer el caso. También hizo referencia de las autoridades de los tres niveles de gobierno, quienes sólo lo utilizaron a él y a los demás deudos y sobrevivientes para tomarse la foto. Del castigo a los responsables, el apoyo económico y la asesoría jurídica que prometieron nunca vio nada.

El anciano hizo una pausa para tomar aire y fuerzas. Luego, volvió a levantar la mirada, y retomó el diálogo. Habló, entonces, con detalles del aquel domingo de 2013, cuando su hijo y su nieto fueron ejecutados y la felicidad, si es que alguna vez existió, se fugó para siempre de su vida.

*****

Ese 22 de septiembre, la noticia de una masacre en Loma Blanca, una pequeña comunidad de 500 habitantes, ubicada en el Valle de Juárez, región inmersa en una ola de violencia desde 2008, pasó casi desapercibida en las redacciones nacionales. Ese domingo, los editores se encontraban más ocupados en la catástrofe provocada por los huracanes Ingrid y Manuel, cuya convergencia provocó inundaciones en casi todo el país, además de 200 mil damnificados y casi 200 muertos. Por ello, la nota de la matanza sólo mereció pequeños espacios en contados medios.

Aquel domingo, recordó don Agustín, el equipo de beisbol donde jugaba su nieto (Los Cardenales) ganó el campeonato regional. “Nadie lo podía creer. Esos muchachos eran malos, malos. Nunca ganaban. Campeonato tras campeonato quedaban en los últimos lugares. Pero ese día ganaron, y con todo y trofeo se vinieron a mi casa a  celebrar. Siempre me pedían permiso de hacer aquí en el patio sus reuniones, y pos yo siempre se los daba. Eran muchachos muy tranquilos. Les gustaba la carrilla, pero no hacían daño a nadie”.

A más de dos años de distancia de lo ocurrido, en el suelo del patio de tierra (donde reina el descuido, el abandono) todavía asoman los rastros (envases) de la cerveza y los refrescos ingeridos. También están ahí las cucharas metálicas y los discos (especie de comales enormes) donde se prepararon las discadas de carne asada que los muchachos beisbolistas y sus familiares consumían cuando un par de sicarios arribó al lugar y abrió fuego contra todos los presentes, asesinando a diez personas. De acuerdo con los reportes oficiales en el lugar se recolectaron 31 casquillos percutidos de dos fusiles AK-47. 

“Yo estaba dentro de la casa con uno de mis compadres cuando llegaron los pistoleros y comenzaron a matar a la gente. Hasta pensamos que los muchachos estaban echando cohetones para celebrar. Nos dimos cuenta de nuestro error cuando escuchamos los gritos de dolor de los heridos y de angustia de los sobrevivientes. Salimos de la casa y había cuerpos destrozados por todos lados. Ahí estaban tirados mi nieto Luis Alonso de 15 años y mi hijo Julio César, de 38. Mi mujer, que estaba afuera calentando tortillas y sirviendo, no aguantó. A partir de ese día enfermó de los nervios y nunca se pudo recuperar. Murió meses después. En realidad ese día perdí a tres seres queridos”, narra el hombre, quien baja la cabeza tal vez para que no nos demos cuenta de que sus ojillos se han humedecido.

Ese día también fueron ejecutadas otras ocho personas: Perlita, de 6 años, y su papá, Martín, de 46 años. Richie, de 17, y gran amigo de Luis Alonso, pues los dos jugaban en el equipo y estudiaban en la misma escuela. Además de María Mireya, de 33 años, y su hijo Edgar Aarón, de 15 (también integrante del equipo de beisbol). El sobrino de Mireya, Miguel Antonio, de 25, el padre de éste, José Hesiquio, de 50, y Alonso León, de 25.

¿Por qué asesinar a unos jugadores de beisbol, apenas unos adolescentes, así como a sus familiares?, surge la pregunta.

“Las autoridades, como casi siempre lo hacen en estos casos, quisieron involucrar a algunos de los muchachos con los malosos (el crimen organizado), pero eso es falso. Lo que hay detrás de este asesinato son las fuertes apuestas que existen en este tipo de juegos. Seguramente, ese domingo los criminales le apostaron todo al equipo rival. No me sorprende. Los Cardenales tenían fama de perdedores”, lanza una respuesta don Agustín, quien agrega:

“Después de lo que pasó, hay días en los que le pido a Dios que ya también me lleve. Pero luego me arrepiento, porque tengo un hijo que me necesita. Además de Julio César (asesinado el día de los hechos), tengo otros cuatros hijos, tres ya se casaron. El que me preocupa es el menor, es que está enfermito. Él y yo vivimos solos aquí. Se llama Samuel, y es muy curioso”. El anciano señala hacia la vivienda, y todos volteamos al mismo tiempo. Ahí, en la puerta de entrada asoma tímidamente un muchacho con visibles rasgos de síndrome de Down. No parece llegar a los 30 años, pero su padre nos dice que tiene 35. Lo llamamos por su nombre y Samuel se acerca de inmediato y nos comienza a dar palmaditas en la espalda. Le correspondemos con saludos de mano y abrazos. Parece muy contento con las inusuales visitas.

De pronto, don Agustín se levanta con dificultad y se comienza a despedir. Parece estar avergonzado de tener un hijo con características diferentes a las de la mayoría. Samuel, metido en su mundo, no lo percibe así y continúa con sus muestras de afecto con los extraños. El viejo lo toma del brazo y antes de enfilarse hacia su casa exclama:

“¿Saben? Ese día los muchachos estaban rete contentos. Antes de llegar aquí, se pasearon en una troca por todo el pueblo. Pusieron el trofeo en la caja, y lo anduvieron presumiendo. ¡Pa’ haber sabido que los iban a matar, mejor ni hubieran ganado!”, dice el anciano, quien hace una mueca tratando de controlar el llanto y se aleja cojeando, sintiendo todo el peso de la tragedia, pero también de la responsabilidad que significa Samuel, tan solo como él en el mundo. Don Agustín Alarcón, sorprendentemente ágil hace escasa hora y media, ahora se ve tan cargado de espaldas que hasta parece que tiene joroba.

Con información de: https://lalupa.mx/


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